storm_coming_on_seaSoplaba un aire zaino, apenas una brisa, pero en el vibrar de la jarcia se barruntaba la tormenta. Los marineros fruncían ceños sin proferir palabra alguna; entre aquellos perros viejos, decir lo evidente era un esfuerzo inútil y un tiento a la mala suerte.

Una ola enorme llegó de proa a popa e hizo cabecear la nave. Comenzó a caer una llovizna tierna, roja y salada, que creció en intensidad poco a poco hasta que no les dejó ver a más de diez brazas. Más allá del horizonte refulgían las llamas, aullaba la última tormenta. Pero el capitán de Naglfar mantuvo el rumbo sin desviarse un ápice: en sus ojos brillaba el destino.

Vigrid los esperaba.

© 8 de noviembre de 2010, José María Bravo.

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