Afiladas con esmero, las herramientas de tu oficio relucen ante ti. Tomas una y la sopesas con detenimiento. En el deleite de esa sonrisa que brota en tus labios dejas ver los anhelos de tu alma.

No seas modesto: eres bueno. Un experto. Sabes dónde, cuán profundo debes cortar. Cuchillo en mano, nadie como tú puede desdibujar las líneas que componen la arquitectura de la vida. Ah, cuánta belleza en el borbotón de sangre de una carótida punzada con maestría, que vibra mientras derrama vida; ah, qué sonido el del gentil acero al seccionar piel, grasa y músculos de camino al hueso: bellas notas de una sinfonía sublime que solo entienden unos pocos privilegiados.

Aunque te cuesta recordar el número de tus víctimas, la emoción sigue siendo tan fresca como al principio, cuando aprendiste valiosas lecciones: cómo acercarte por detrás a tu víctima, sin alertar sus sentidos adormecidos por lo cotidiano; cómo retirar el arma a tiempo tras una puñalada, antes de que los últimos espasmos de una vida que se apaga traben la hoja, justo cuando el pánico y el dolor trenzan los músculos y desanudan las miserias del bajo vientre.

Eres un adepto del Arte más sagrado, excelso y antiguo; no hay otro que represente mejor los arcanos del alma humana. Aficionados al Arte ha habido miles y miles a lo largo de la Historia. Adeptos, unos pocos cientos. Maestros… uno, quizá dos, por cada siglo.

Para afinar aún más tu destreza buscaste un oficio adecuado. Te costó largos años de estudio y fingimiento, pero hallaste la fachada perfecta. Una que te daba respeto y amplias posibilidades para seguir practicando tu verdadera pasión. El Arte.

La hoja del cuchillo aletea en tus dedos. Pruebas su filo contra tu pulgar: la sangre acude rápido, una flor diminuta y deslumbrante. Asientes, satisfecho, mientras te chupas el dedo con deleite; el sabor salado, terroso, de la sangre, su cautivador aroma a hierro, embriaga tus sentidos.

Estás listo. Limpias el cuchillo en la manga de tu bata, lo devuelves a su sitio y enrollas la funda de herramientas.

Cuando estás a punto de irte, un zumbido de estática, seguido de una voz aguda distorsionada por el altavoz, te pone en alerta.

Doctor Ferrán, acuda urgentemente a Cirugía. Doctor Ferrán, acuda urgentemente a Cirugía.

Chasqueas la lengua con fastidio. En fin; qué remedio. Hay que ganarse el pan.

 

© 01 de noviembre de 2010, José María Bravo.

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